ROMINA BLAS / AHORACANADA.COM
ALBERTA.- Imelda tiene 24 años, pero sus ojos han perdido el brillo. Hace tanto que no sonríe que siente que tiene “el corazón envejecido”. Imelda es uno de al menos cinco casos que investiga actualmente el gobierno de Alberta en forma conjunta con la Oficina de Delitos Extranjeros de Costa Rica en materia de tráfico de personas.
La chica costarricense ha pasado de “manos en manos” desde que tenía 18 años y lo mismo ha sufrido mendición y prostitución en Costa Rica que en México y Canadá. "Cuando yo era pequeña quería ser artista y maquillarme para verme hermosa, pero cada vez que iba pasando el tiempo me iba poniendo tan fea que ni con tanto maquillaje se me quitaba. Ya no reconozco a la mujer que está en el espejo".
Las mujeres son las más afectadas por esta práctica, al punto de que ya llegan a sumar 80 por ciento del total de víctimas en el mundo. Se calcula que un buen porcentaje de mujeres como Imelda tienen como destino la explotación sexual, aunque no hay datos reales, informa la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).
Otras acciones involucradas en la trata de personas son la explotación laboral, matrimonio obligado, mendicidad, esclavitud clásica, extracción de órganos y delincuencia, explica la OIM en un informe.
Las principales afectadas en la explotación sexual comercial, además de las costarricenses, han sido las inmigrantes dominicanas, seguidas de las nicaragüenses. Como país de origen, Costa Rica tiene documentados tráfico de personas hacia Canadá, México y Japón, asegura la OIM y advierte que el comercio interno de personas está muy relacionado al transfronterizo.
En muchos de los casos se trata de jóvenes que van y vienen a través de escuelas y agencias de modelaje, donde se les ofrecen jugosos contratos, pero al llegar a destino se encuentran con realidades distintas. Las víctimas más propicias son "las poblaciones más vulnerables, sin empleo y en busca de una oportunidad", explica la OIM.
Desafortunadamente, las autoridades internacionales se enfrentan al reto de demostrar el entramado internacional y los jueces se enfrentan a testigos que ejecutan la "ley del silencio" porque sus víctimas saben que si hablan sus familiares resultarán lastimados.













