NIDIA LUNA* / TORONTO
La simple palabra refugio nos lleva a un lugar donde nos sentimos tranquilos, seguros y sobre todo protegidos. Podría ser un lugar donde nos ponemos a salvo de las inclemencias del clima o quizás un lugar alejado del peligro donde podemos dormir sin sobresaltos; un sitio donde abunde la fe de que estaremos bien.
Es cierto que son cientos los periodistas exiliados, artistas, médicos, ingenieros, abogados, contadores, estilistas, cocineros, en fin, profesionistas mexicanos con un alto nivel educativo que solicitan refugio en Canadá para alcanzar un mayor nivel de vida. Pero también es cierto que trabajan muy duro para abrirse paso y aceptan puestos de meseros, como obreros en fábricas de pan o se dedican a la limpieza de negocios y casas.
También están los mexicanos que ante la necesidad de proveer a sus familias lo necesario y sin comprender técnicamente el concepto de ”refugio”, dan el paso y gracias al fuerte deseo interno de un cambio llegan a este increíble país para encontrarse con una infinidad de oportunidades.
Pero además están los mexicanos que por alguna razón se vieron obligados a solicitar el estatus de refugio en Canadá y, una vez aquí, revalidaron sus estudios. Otros asistieron a la escuela, estudiaron inglés y después escogieron una carrera a su elección y rehicieron su vida.
Al final, el estatus no importa. Refugiados o no, todos somos mexicanos y compartimos la misma nostalgia de estar lejos de México. En las organizaciones y celebraciones mexicanas todos somos bienvenidos.
*artículo publicado en el periódico MÉXICO EN TORONTO.













