Las vidas de Elvira y Javier se unieron a miles de kilómetros de distancia de sus lugares de nacimiento. Originarios de Uruguay, ella, y de Rusia, él, fueron a encontrarse en un bar en la capital canadiense, adonde les llevó su aspiración de vivir una vida mejor.
Elvira llegó a Canadá en septiembre de 2003. No sabía una palabra de inglés, pero su hermano la esperaría en el aeropuerto. “A partir de que me animé a venir he corrido riesgo tras riesgo; mi vida siempre pende de un hilo: primero era ver si me daban la residencia, luego si me daban el trabajo, porque aquí nada es seguro, excepto que Canadá es mi casa”.
Javier, que llegó a Ottawa en el año 2000 tras haber emigrado primero a España y ahora a Canadá, ha corrido peor suerte ya que, al no tener papeles, no lo contratan en ningún sitio, explica. Sólo ha conseguido empleo estable con un grupo de albañiles, que dirige un inmigrante portugués.
Ahora, la pareja, que comparte la casa con otras familias uruguayas, tiene depositadas todas sus esperanzas en el proceso de Elvira. Esperan que la residencia permanente de Elvira se convierta, al fin, en su camino hacia la estabilidad en Canadá. Un país en el que, aseguran, es el punto de partida de sus sueños.













