9 de agosto, 2009
Están en Guadalajara el primer ministro de Canadá, Stephen Harper; el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el de México, Felipe Calderón. No es una reunión más de ASPAN pero tampoco sabemos a ciencia cierta qué es lo que va a pasar, ni siquiera les preocupó llamar la atención al respecto y han dejado en bajo perfil el evento.
A partir de la firma del TLC la región norteamericana existe como un referente; sin embargo, a más de 15 años de vigencia supone un balance y una revisión de posibles nuevas expectativas pero no sólo del TLC sino de la región misma. El mundo está cambiando y por lo mismo el modelo de globalización y regionalización que veníamos aplicando no está a salvo de este influjo de contradicciones.
El replanteamiento del proyecto regional es por tanto un asunto posible particularmente por lo que representa la crisis global como síntoma de la caída de un modelo de capitalismo imperial y por el arribo de Obama a la Presidencia de Estados Unidos. Ser socio y vecino del país más poderoso del mundo hoy representa una oportunidad, es la posibilidad de construir una alianza trinacional que le dé viabilidad a un proyecto de hegemonía global e impulsar desde esa plataforma una nueva gobernanza mundial no impuesta por la vía de la fuerza militar o por criterios surgidos del control de los organismos multilaterales.
Cuando se estableció el TLCAN la realidad impuso el peso dominante de Estados Unidos, México y Canadá tuvieron que adaptarse a esa dinámica y la región quedó marcada como el espacio geográfico en el que Estados Unidos definió la pauta, los alcances y el perfil de la asociación trinacional; evidentemente esto no fue suficiente para generar progreso equitativo en los tres países, sólo hay que consultar las estadísticas de desarrollo social para observar cómo se encuentra México a pesar del enorme crecimiento del intercambio comercial de los últimos años.
Hoy las cosas son distintas, Canadá se ha desarrollado con consistencia e incrementando su peso económico y México cuenta con jugadores en los servicios y con condiciones estructurales para aportar a la región. Pero lo más importante es que Estados Unidos requiere de aliados para su recuperación y para mantener una posición sobresaliente en el mundo y transitar del imperio a la nación sin muchos conflictos.
Pero ¿qué significa plantearse una nueva visión en la alianza trinacional?, en primera instancia es plantear la reducción de las asimetrías como un tema prioritario y en esto la cooperación es sustancial por lo que ésta no puede seguir siendo marginal. Otro tema es concebir la competitividad como el resultado de la sinergia obtenida del conjunto de los esfuerzos de las tres economías y de la planeación deliberada para lograr una mejora continua. Un aspecto más es incluir al diálogo social, es decir la búsqueda consistente de los consensos y la participación de la sociedad en el diseño, las metas y objetivos de la nueva dimensión regional, siempre con pleno respeto a los derechos culturales, medioambientales, económicos y humanos.
Sobran razones para pensar en proyectos comunes de investigación y desarrollo de energías alterativas y de medicina genómica, uso de trenes de alta velocidad, explotación compartida de redes regionales de satélites y de telecomunicaciones, crecimiento de la oferta de banda ancha, contar con sistemas de salud homologados, etcétera.
La formulación de esta nueva dimensión pasa por el reconocimiento de que para la región representa una limitante el que uno de los asociados muestre debilidades estructurales y que por lo tanto conviene al interés común el que se subsanen esas debilidades para potenciar las capacidades competitivas de la región, una manera de resolver esto es constituyendo un fondo estructural para el desarrollo que sirva entre otras cosas para la corrección de la asimetría que tiene México respecto a sus socios.
Por supuesto que la viabilidad de la propuesta dependerá de la elocuencia y de los incentivos con los que se plantee, correspondería a nuestro gobierno tomar la iniciativa sin que esto suponga dejar de lado los temas de la actual agenda: migración, seguridad, trabajo, medio ambiente ni tampoco abandonar una mejor relación con Brasil y Argentina para influir en el G-20 o buscar afinidades con la Unión Europea.
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